La playa de Juan Dolio es el tesoro escondido de RD

Emil Montás - EmilMontas.com

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¡Playa! La brisa fresca y cálida del mar, las olas rompiendo en la arena y deleitando la vista con su vaivén, el agua de tonalidades azul y verde que te masajea y provoca una sensación de máximo relajamiento, los rayos del sol y la tranquilidad que te hace sentir que estás en el paraíso. El ideal, el sueño dorado de muchos, pero un privilegio de unos pocos en República Dominicana.

Este es un libreto que, en su mayoría, podría aplicarse a varios lugares del Caribe, pero con una salvedad: si hablamos de una playa privada, exclusiva. Sin embargo, este no es el caso al que me voy a referir. Quiero contarte que los dominicanos estamos muy orgullosos de un lugar, que no es tan conocido como otros destinos del país, y que encaja perfectamente en el anterior libreto.

Con una salvedad: se trata de una playa pública. Aclaro para que no haya confusiones: es un lugar con los privilegios y los beneficios de una exclusiva zona privada, pero pública. Es Juan Dolio, el encantador lugar de la provincia de San Pedro de Macorís, punto intermedio entre Santo Domingo y Punta Cana. Un coqueto rinconcito del planeta que hace realidad el soñado paraíso.

Cuando hablamos de playa, descanso y tranquilidad por lo general la mente nos relaciona con pensamientos como vacaciones lejos del mundanal ruido. Ese es, por ejemplo, el concepto que posicionó a Punta Cana como el primer destino turístico del Caribe y uno de los lugares preferidos de los turistas de Europa y Estados Unidos, que llegan hasta acá para escapar del frío del invierno.

Sin embargo, para esas personas su estadía en Punta Cana es temporal, una o dos semanas, a lo sumo. Después, recargados con la energía del sol y con la piel tostada por el sol como testimonio de la que seguramente fue una experiencia inolvidable, regresan a sus países y se reincorporan a sus actividades habituales. Quizás nunca más regresen a RD durante sus vacaciones.

El concepto de Juan Dolio es diferente. Si bien en los últimos tiempos la ciudad se ha convertido en polo de desarrollo turístico, con una moderna infraestructura, está lejos de alcanzar las dimensiones de Punta Cana. De hecho, nadie quiere que compita con la perla del oriente como destino turístico. Se trata, simplemente de una excelente alternativa, de una opción distinta.

Hace unas semanas publiqué una nota sobre Juan Dolio, hablando del encanto del lugar que lo tiene todo. Ese, sin duda, es el sello característico de este bello municipio. Localizado a poco más de 30 minutos de Santo Domingo (mucho menos tiempo del que la mayoría de latinoamericanos emplea para viajar de su casa al lugar de trabajo a diario) y a una hora y media de Punta Cana.

Muchos podrían pensar que es uno de tantos pintorescos sitios que la geografía ubicó entre dos puntos de mayor peso y que, en consecuencia, pasa inadvertido para la mayoría. No es así en este caso: Juan Dolio se ha ganado, con méritos propios, un lugar en el corazón de quienes vivimos en Santo Domingo y el fin de semana queremos alejarnos del mundanal ruido sin dejar atrás la comodidad moderna.

Lo que me gusta de Juan Dolio es el anonimato. El de los visitantes, no el del lugar. Por sus calles y por sus 10 kilómetros de playa de suave arena blanca tú puedes caminar con absoluta tranquilidad, sin que te incomoden vendedores ambulantes, sin que te tropieces con niños que juegan y corretean. Allí, eres uno más, con los mismos derechos del resto, gozando de los mismos privilegios.

A muchas personas, cuando les mencionan la idea de ir a la playa, automáticamente su mente los pone en modo ‘desconectarse de la realidad’. Sin embargo, hay un lugar, un pequeño y encantador paraíso, en el que es posible compaginar descanso y tranquilidad con comodidades y mundo real, sin sacrificar nada. Ese rinconcito se llama Juan Dolio, el tesoro escondido de RD.

El Consejo de Emil

Caminas mientras la brisa te pega suavemente en la cara y tienes una variada oferta de bares y restaurantes, al borde del mar, y pasas al lado de condominios y villas que no interrumpen el disfrute, porque fueron levantados en lugares donde no compiten con la esencia de la playa, que es la libertad. Te tomas una cerveza fría, o un jugo tropical, o te deleitas con un pescado frito.

Luego, cuando quieres reposar, solo tienes que cruzar la Calle Principal y te sumerges en la ciudad. Así de fácil, así de cerca, a unos pasos nada más. Una ciudad que cuenta con las comodidades a las que estamos acostumbrados los que vivimos en Santo Domingo, o las que exige el turista cuya prioridad son el descanso y la tranquilidad, siempre y cuando no se desconecte del mundo real.

Juan Dolio es uno de esos privilegiados lugares del planeta en los que vives con la sensación de que el tiempo avanza más lento, como si los días duraran 26 o 30 horas, y no 24. Estás tan relajado, tan tranquilo, tan conectado con la naturaleza y la belleza del ambiente, que sientes como si estuvieras en el limbo, suspendido en el tiempo. ¡Es una experiencia extraordinaria!

La mayoría de los turistas, cuando elige un destino de playa para su descanso, sabe que tiene que armarse de paciencia porque, por lo general, en casi todos los lugares, un pequeño espacio en la arena significa someterse a ruido, exceso de movimiento, intranquilidad y, qué lástima, hasta inseguridad. En Juan Dolio, por fortuna, estos males no se han presentado, y ojalá no lo hagan.

Me encanta Punta Cana, pues allí viví años maravillosos de mi vida, y me encantan sus playas, su mar, su vegetación. Sin embargo, con mi esposa cuando pensamos en descanso en la playa la mente se pone en modo Juan Dolio automáticamente. Estamos cerca de casa y no extrañamos nada de casa gracias a su moderna infraestructura, a sus comodidades, a su paz y tranquilidad.

¡Playa! La brisa fresca y cálida del mar, las olas rompiendo en la arena y deleitando la vista con su vaivén, el agua de tonalidades azul y verde que te masajea y provoca una sensación de máximo relajamiento, los rayos del sol y la tranquilidad que te hace sentir que estás en el paraíso. Créeme que ese lugar existe, es real, no producto de mi imaginación. ¡Existe y se llama Juan Dolio!


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