No busques ser perfecto: ¡enfócate en servir mejor!

Emil Montás - EmilMontas.com

Emil Montás - EmilMontas.com

Los latinoamericanos tenemos una forma muy particular de ser. Y me siento muy orgulloso de ser latino, es algo que no cambiaría por nada en el mundo. Somos alegres, somos optimistas, somos creativos, somos luchadores, somos echados palante, somos generosos. Son muchas las virtudes que tenemos los latinoamericanos, pero en ocasiones no sabemos cómo aprovecharlas.

Una de las características que nos distingue, pero que a veces se convierte en un obstáculo a la hora de conseguir lo que deseamos, es que somos soñadores. Y soñar está bien, por supuesto. Pero, claro, no podemos quedarnos en eso, tenemos que dar el siguiente paso, debemos avanzar. Nos quedamos ahí, soñando despiertos, y se nos olvida pasar a la acción. Hacer, no pensar.

Una de las enseñanzas más valiosas que recibí por parte de mis mentores cuando ingresé al mundo del marketing digital es que de nada sirven el conocimiento y la experiencia si no se ponen en práctica. Puedes tomar muchos cursos, puedes leer muchos libros, puedes saberte la vida de los gurús del mercado, pero si no tomas acción, si te quedas en los sueños, nada va a suceder.

Fruto de mis vivencias, de que yo mismo fui víctima de esos errores, puedo decirte que este mal tiene un doble origen. Por un lado, el sistema educativo en el que crecimos, que estaba diseñado para un mundo que era muy distinto al que vivimos en la actualidad, porque nadie imaginaba la gran transformación que iba a sufrir la vida común con la irrupción de la bendita revolución digital.

Por otro lado, algo que se deriva de ese modelo educativo: nuestros miedos. A veces nos cuesta reconocerlo, pero vivimos presos de los miedos. De los miedos y del qué dirán, como si la aprobación de otros fuera condición indispensable para actuar, para luchar por nuestros sueños. Entonces, vivimos entre la rubia y la morena, y no nos animamos a dar ese primer paso.

Por la formación y el ejemplo que recibí en casa por parte de mis padres y por lo que aprendí de mis mentores, soy una persona a la que le gusta asumir retos. Cuanto más grandes sean, mejor. Me gustan, los disfruto, más allá de que es necesario saber poner un límite. Y eso es, justamente, algo que me agrada mucho de mi trabajo: la relación con cada cliente implica un riesgo.

Pretender ser perfectos en nuestro trabajo, en la vida, no es más que una excusa para no alcanzar las metas que nos proponemos. Enfócate en hacer lo mejor, en ofrecer lo mejor de ti, en crear las estrategias más efectivas, en superarte cada día a través del conocimiento. Así, tus clientes te verán como si fueras perfecto.

​El Consejo de Emil

Es como una aventura. Como cuando decides escalar una montaña y vas con tus amigos dispuesto a llegar a la cima. O cuando sales a pasear en bicicleta y te fijas una ruta, un kilometraje que quieres completar. Debes dar lo mejor de ti, exigirte al máximo, para alcanzar la meta propuesta. En el ascenso a la montaña o en una subida en la carretera es posible que las fuerzas te fallen.

Si te quedas pensando en si vas a ser capaz, si mejor regresas a casa y lo intentas otro día, si fuiste demasiado optimista y no estabas preparado para ese reto, ¡ya perdiste! ¿Sabes cuál es el origen de este problema? Que queremos ser perfectos. Nos detenemos demasiado en los detalles que son menores, en los que son cosméticos, y perdemos de vista la esencia, que es lo importante.

¿Qué es lo importante? El bienestar de tu cliente, su satisfacción. Cuando nos enfocamos en tratar de alcanzar la perfección, nos olvidamos de nuestro cliente, lo relegamos a un segundo plano. Y ese, seguro lo sabes, es un grave error: no solo es casi seguro que perdemos la venta, sino que también es muy probable que perdamos a nuestro cliente. Y eso, claro, no es lo que queremos.

Como te decía al comienzo, me siento muy orgulloso de ser latinoamericano por todas las cosas buenas que eso significa. Alegría, optimismo, creatividad, resiliencia, persistencia, coraje, pasión y generosidad, entre muchas otras virtudes. Que también son poderosas herramientas de las que dispones para convertirte en la mejor opción para tus clientes, en una propuesta única.

Tu conocimiento, tu pasión, tu vocación de servicio y tu creatividad son perfectas siempre y cuando las utilices en función de tu cliente. En función de brindarle la mejor información, la más completa asesoría, un acompañamiento integral que se traduzca en conseguir esa propiedad que le quita el sueño, en la que desea vivir y ver crecer a sus hijos, y descansar cuando se retire.

A veces, cuando no conseguimos cerrar una venta, o cuando un cliente se va a trabajar con otro colega, o cuando estamos en una de esas etapas en las que nada sale bien, vemos el error donde no está. Queremos ser perfectos, nos detenemos demasiado en los detalles que son menores, en los que son cosméticos, y perdemos de vista la esencia, que es lo importante: nuestro cliente.

Una de las lecciones más grandes que recibí jamás es que los clientes no quieren que seamos perfectos: simplemente piden que aprovechemos los dones y talentos que nos dio la vida para ayudarlos a solucionar su problema, a cristalizar sus sueños. Eso es lo importante, esa es la esencia. Enfócate en darle a tu cliente lo mejor de ti, el mejor servicio, y lo demás vendrá por añadidura.



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